Porque toda la historia es preciosa
Because the whole story is precious
Descubrí el kintsugi después de que un plato que mi hija me había preparado se rompiera en el suelo de la cocina.
Usaba ese plato con frecuencia, sabiendo que siempre existía el riesgo de que se rompiera. Quería que fuera un plato, que tuviera una vida útil, no que se quedara en un estante acumulando polvo. Cuando se rompió, mi hija lo miró y dijo: «¡Ay, no! ¡Pero si me esforcé tanto en hacerlo…»
Me sentí triste. También sentí esa familiar punzada de imperfección: como persona, como madre y en mi afán por hacer siempre lo "correcto". Quería reparar el plato y sabía que quería seguir usándolo.
Mientras investigaba opciones, descubrí el kintsugi y aprendí tanto sobre métodos tradicionales aptos para alimentos como sobre técnicas modernas de resina epoxi. Aunque invertir en los materiales, el tiempo y el aprendizaje parecía un gran compromiso, reparar ese plato se convirtió en algo mucho más significativo. Fue una forma de honrar el esfuerzo de mi hija y el mío propio. Me recordó que los errores, los accidentes y las imperfecciones no tienen por qué ser el final de una historia; pueden formar parte de ella.
Desde aquella primera reparación, he dedicado incontables horas a estudiar, practicar y perfeccionar mi técnica en una amplia variedad de reparaciones de cerámica. Cada pieza presenta sus propios desafíos, y cada reparación requiere paciencia, precisión y cuidado.
Nada me llena de más alegría que ayudar a las personas a reintegrar a su vida cotidiana sus objetos más preciados y sentimentales. Sería un honor para mí poder restaurar también los suyos.
I discovered kintsugi after a plate my daughter made for me broke on the kitchen floor.
I used that plate regularly, knowing there was always a risk it could break. I wanted it to be a plate—to live a useful life—not sit on a shelf collecting dust. When it broke, my daughter looked at it and said, “Oh no, but I worked so hard on that…”
I felt sad. I also felt those familiar pangs of imperfection—as a person, as a mother, and in my efforts to always do the “right” thing. I wanted to repair the plate, and I knew I wanted to keep using it.
As I researched options, I discovered kintsugi and learned about both traditional food-safe methods and modern epoxy techniques. Although investing in the supplies, time, and learning curve felt like a big commitment, repairing that plate became something much more meaningful. It was a way of honoring both my daughter's effort and my own. It reminded me that mistakes, accidents, and imperfections don't have to be the end of a story—they can become part of it.
Since that first repair, I've spent countless hours studying, practicing, and refining my craft across a wide variety of ceramic repairs. Every piece presents its own challenges, and every repair requires patience, precision, and care.
Nothing brings me more joy than helping people return their sentimental and well-loved pieces to daily life. I would be honored to help restore yours as well.