No empezamos con un estudio.
Empezamos por una esquina.
Una mesa pequeña e irregular. Unos cuantos pinceles que habían visto tiempos mejores. Pinturas que estiramos más de lo debido. Y manos cansadas, esperanzadas y lo suficientemente obstinadas como para seguir adelante.
Hubo días en que no se vendía nada. Días en que lo cuestionábamos todo. ¿Eran los colores? ¿Los diseños? ¿O simplemente nosotros?
Pero aun así, nos presentamos.
Pintamos superando las dudas. Lijamos madera hasta altas horas de la noche. Aprendimos a dar forma, tallar y construir marcos que no solo contuvieran arte, sino también significado. Cada rasguño en nuestras manos se convirtió en parte de la historia. Cada error, una lección que atesorábamos.
We didn’t start with a studio.
We started with a corner.
A small, uneven table. A few brushes that had seen better days. Paints we stretched longer than we should have. And hands—tired, hopeful, and stubborn enough to keep going.
There were days when nothing sold. Days when we questioned everything. Was it the colors? The designs? Or just us?
But still, we showed up.
We painted through doubt. Sanded wood late into the night. Learned how to shape, carve, and build frames that could hold not just art—but meaning. Every scratch on our hands became part of the story. Every mistake, a lesson we carried forward.